viernes, 21 de agosto de 2009

Me senté sin prestar atención a aquel profesor monótono. Lancé una rápida mirada a Mitchell, que parecía contento (sí, se la había tirado la noche pasada) y tomaba apuntes. Lanzó una ojeada alrededor, molesto, mirando a los que fumaban (lo había dejado cuando volvió, era indignante). Probablemente le parecían máquinas, imaginé. Igual que chimeneas, les salía humo por ese agujero que tenían en la cabeza. Miró a aquella chica tan fea del vestido rojo tratando de parecer indiferente. Yo miré las pintadas que había en la mesa: "Has perdido." "No hay gravedad. Es la Tierra la que chupa." " La Banda de la Tachuela durmió aquí." "¿Qué fue del amor de los hippies?" "El amor apesta." "La mayoría de los taxistas son licenciados." Y me quedé allí sentado sitiéndome el amante desgraciado. Pero luego me acordé de que, claro, ahora tan sólo soy desgraciado.

(Paul Denton)

Las leyes de la atracción. Bret Easton Ellis.

viernes, 14 de agosto de 2009

...to let me sing

if it be your will
that i speak no more
and my voice be still
as it was before
i will speak no more
i shall abide until
i am spoken for
if it be your will

if it be your will
that a voice be true
from this broken hill
i will sing to you
from this broken hill
all your praises they shall ring
if it be your will
to let me sing





lunes, 3 de agosto de 2009

le petit prince


-Je ne crains rien des tigres, mais j'ai horreur des courants d'air. Vous n'auriez pas un paravent?
"Horreur des courants d'air… ce n'est pas de chance, pour une plante, avait remarqué le petit prince. Cette fleur est bien compliquée…"
-Le soir vous me mettrez sous un globe. Il fait très froid chez vous. C'est mal installé. Là d'où je viens…
Mais elle s'était interrompue. Elle était venue sous forme de graine. Elle n'avait rien pu connaître des autres mondes. Humiliée de s'être laissée surprendre à préparer un mensonge aussi naïf, elle avait toussé deux ou trois fois, pour mettre le petit prince dans son tort:
-Ce paravent?…
-J'allais le chercher mais vous me parliez!
Alors elle avait forcé sa toux pour lui infliger quand même des remords.
Ainsi le petit prince, malgré la bonne volonté de son amour, avait vite douté d'elle. Il avait pris au sérieux des mots sans importance, et il était devenu très malheureux.
"J'aurais dû ne pas l'écouter, me confia-t-il un jour, il ne faut jamais écouter les fleurs. Il faut les regarder et les respirer. La mienne embaumait ma planète, mais je ne savais pas m'en réjouir. Cette histoire de griffes, qui m'avait tellement agacé, eût dû m'attendrir…"
Il me confia encore:
"Je n'ai alors rien su comprendre! J'aurais dû la juger sur les actes et non sur les mots. Elle m'embaumait et m'éclairait. Je n'aurais jamais dû m'enfuir! J'aurais dû deviner sa tendresse derrière ses pauvres ruses. Les fleurs sont si contradictoires! Mais j'étais trop jeune pour savoir l'aimer."

miércoles, 24 de junio de 2009

Restless versión 1.0

Entro en un examen en la universidad. Me siento, y al rato viene un guardia de seguridad contratado para comprobar mi identidad. Me pide el DNI, me pide que le repita el número. Intenta pillarme. Luego me coge el dedo para tomarme la huella dactilar y acabo con toda la cara y la ropa llena de tinta. Le pido que por favor termine rápido y se ríe de mí. Entonces salgo al cuarto de baño a lavarme las manos. Allí, una señora de la limpieza tiene esta conversación conmigo:

- Sois patéticos.
- ¿Qué?
- Sí, siempre me digo a mí misma que soy patética, pero luego os veo a los conservadores y me doy cuenta de que lo sois mucho más.
- ¿Perdón? En primer lugar no soy conservador, y en segundo lugar tampoco soy patético.
- Arriba todo el mundo está diciendo que te has asustado, y por eso te has ido. Yo sé que simplemente has huido.

Subo de nuevo arriba y, efectivamente, me han retirado el examen. Estoy yendo a hablar con el profesor... me despierto.

lunes, 2 de junio de 2008

Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio todo lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.

- A tu salud, bella.

Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y límpida, y el avión parecía inmóvil entre las estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenía en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfecta sin puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años, me consolé con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. “Saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados”, pensé, repitiendo en la creta de espumas de champaña el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extendí la poltrona a la altura de la suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiración era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia del placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.

- Quién iba a creerlo –me dije, con el amor propio exacerbado por la champaña-: Yo, anciano japonés a estas alturas.

El avión de la bella durmiente (fragmento) – Gabriel García Márquez

(tercero de sus Doce cuentos peregrinos)

martes, 20 de mayo de 2008

i'm not here.




this isn't happening.

jueves, 8 de mayo de 2008

Y construimos un mundo, una ventana que solamente tú y yo podíamos abrir, e inventamos colores, tonos imposibles que sólo nosotros dos éramos capaces de ver. Los rifles no pueden alcanzar lo que los ojos de los soldados no ven, dijiste, Régine. El cielo palpita hoy azul vino, contesté abrazándote, y todo estuvo bien, en su sitio, por un instante.

Se oyó un disparo, lejano, instintivamente te abracé más fuerte. Nada puede molestarnos aquí, me consolaste, y de repente era otra vez el niño que nunca había dejado de ser y me agarraba a ti fuerte y me besaste la frente. Y todo, por segunda vez aquella tarde, volvió a estar bien, en su sitio, por un instante.

Atardece, dijiste rompiendo un largo silencio inexistente porque nuestras mentes hablaban aunque nuestros labios no emitiesen ningún fonema. Deberíamos escondernos. No ver el sol, ni la hierba, ni respirar aire puro mata más que las balas. Es peligroso, sólo atiné a decir. Aquí no. ¿Dónde? Detrás de nuestra ventana.

Siempre tan soñadora, pensé. Creí que eso es lo que más te gusta de mí. No estamos en un buen momento para soñadores. Nunca es buen momento para gente como nosotros. Y sonreíste. Fue una sonrisa alegre y triste, a la vez que te dabas cuenta de la dolorosa verdad que acababas de pronunciar. Tu última frase. Seguías sonriendo y me mirabas, sólo pude bajar la cabeza para no encontrar tus ojos. Alargaste los brazos, y a la vez que el Sol se ponía enderezaste mi cara y me besaste, y por tercer momento aquella tarde, último en mi vida, todo volvió a su sitio, y el hambre no existía, ni las guerras, ni los escondrijos. Sólo nosotros y nuestra ventana. Por un instante.

¡Bum! Otro instante.

Caíste al suelo. Desparramo sangre roja turquesa, pensabas. Y yo lo entendí, y me agaché y te abracé impregnándome de un color que diluía con mis lágrimas y que ahora sólo yo podría ver.